Cita con el olvido
Es un café muy espumoso, me encanta el chocolate derretido en los bordes, hay aroma a facturas y dulces, y afuera hace frío pero aquí dentro es muy cálido.
Al lado de mi silla reposa mi valija, es de cuero marrón con unas cintas adornando la manija. Yo sé que es mucho qué traer para una cita, pero es que ésto es un viaje y éste encuentro sólo es el principio.
En mi valija traigo las cosas que más me gustan, ya saben, unos libros, unos cds, una grabadora, muchas hojas, lápices y lapiceras, y una manta, de color azul gastado con nubecitas, la misma que uso cada vez que empiezo a leer un nuevo libro. No sé cuántos años tiene ya, he perdido la cuenta, pero me acompañó en muchos viajes de mi imaginación, absorbió mis lágrimas de tristeza y me abrigó en mis desvelos.
Las vidrieras tienen dibujada una foca blanca que no sé qué tiene que ver con el café, ella muy agraciada posa con el hocico en alto y en la punta de su nariz está una taza con tres líneas onduladas simulando el humo caliente. Ya dije que afuera hace frío y aunque es verano estoy usando campera. Llueve como es común en Febrero, pero es una lluvia intermitente que aparece unos días y luego se va con la promesa de volver.
Y lo mejor es que siempre vuelve.                                                         
Cruzo mis piernas y tanteo la porcelana de mi taza aún caliente, cuando llega. Se sienta y mira la carta, sin siquiera mirarme a mí. Espero su decisión y lo escucho llamar al camarero que toma su pedido, pero éste quizás es nuevo en su trabajo, porque le pregunta más de tres veces lo que va a tomar. Mi cita, con toda la paciencia del mundo, le pide su libreta y escribe con una letra muy bien trabajada y parecida a las que se escribían antes en las cartas, “Té verde” y devuelve la libreta.
Sus ojos son grises como el cielo de hoy, y por lo que vi cuando llegó, es alto, por lo menos más alto que yo. No debe tener más de veinte años, pero no sé, hoy en día la gente no aparenta su edad verdadera. Se dirige a mí con delicadeza y me pregunta qué llevo en la valija, le cuento que son algunas cosas para distraerme pero nada que me haga recordar. Y él tuerce la boca a un lado, justo cuando llega su té.
En sus palabras no vi inseguridades, solo un determinismo fiero, casi salvaje. Sus palabras hablan de que el pasado por ser pasado es borroso y que no vale la pena esforzarse en recordar. Pero en las mías, en mis palabras, había mucho mundo, muchas historias, muchos recuerdos. Y eso a él, creo, que no le gustó.
Él, era aquél señor llamado Olvido, de traje gris y mirada gris, pero que no tenía nada de gris en su corazón.
Me dijo que la ciudad del olvido era para gente “olvidada”, no para alguien que quería olvidar. Que las cosas de la vida nunca se olvidan y que siempre un retazo del pasado viene a tu memoria, incluso si han pasado años. Pero que si quería ir, tenía que renunciar no sólo a mis recuerdos, si no a lo que soy y a mis cosas, las de la valija, y eso me estrujó el corazón.

 Porque querer olvidar, era querer dejar de ser vos misma y yo no quería dejar de serlo.

Amaba lo que era: una fan de Harry Potter, una escritora de corazón, una chica rara pero amable. Entendí con él que era difícil renunciar a todas mis cosas sólo porque una vez alguien me hirió. “No vale la pena” dijo, “tú, vales la pena” y se marchó.
La taza estaba fría en mis manos, bajé la mirada a mi valija, la subí a la mesa y saqué una hoja y un lápiz. En mi corazón hay muchas cosas: escombros, tristezas, regalos, sorpresas y amor, mucho amor. Alguien me dijo que escribir es una forma de canalizar las cosas que nos pasan. Y yo decidí volcarlas en la hoja, escribí la palabra “Cita”, el resto ya lo saben.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

Trabajando en la Plataforma de Scratch